El código Da Vinci

Director: Ron Howard
Intérpretes: Tom Hanks, Audrey Tautou, Ian McKellen, Alfred Molina, Jürgen Prochnow, Paul Bettany, Jean Reno
Título VO: The Da Vinci Code
Género: Thriller
Año de producción: 2006-06-29 12: 18: 37.0
Productora: Imagine Entertainment, Columbia Pictures
Guión: Akiva Goldsman
Música: Hans Zimmer
Fotografía: Salvatore Totino
Duración: 149


Breve sinopsis

Tras la enigmática muerte de un restaurador del Louvre, el experto en Simbiología Robert Langdon, es llamado al museo para arrojar un poco de luz sobre el asunto. Junto a la criptóloga Sophie Neveu, descubren unos signos ocultos en la obra de Leonardo da Vinci relacionados con el asesinato que apuntan a una sociedad secreta con un enigma de dos mil años de antigüedad. Los dos inician una lucha contrarreloj para desentrañar un código que haría temblar los cimientos más sólidos de la humanidad.

Critica

Ron Howard tiene una cosa en común con Dan Brown: es experto en enlatar emociones y manipular sentimentalismos fáciles, lo suyo es un academicismo cazador de premios y dólares. En suma, el sueño de cualquier productor en la meca del cine. Brown es un matemático de las letras, un escritor de medio pelo con olfato, fabricante de carnaza y gurú de la fórmula perfecta. Es decir, una bendición para cualquier editor ávido de coleccionar dólares. Tanto monta, monta tanto. El código Da Vinci es, antes que una adaptación tal cual, una fotocopia tridimensional de la dichosa novela, un videolibro en toda regla que busca más la complicidad del fan irredento del multimillonario Brown, que la satisfacción del espectador medio ajeno a las batallitas blasfemas light del nuevo genio del fast food literario. Howard arrastra todos los delirios y agujeros de la funambulesca novela. Es lo que tiene tener al autor en el cogote, censurando desde su privilegiada posición de productor ejecutivo. Cierto es que El código Da Vinci libro, habilidosa y absorbente madeja pseudo histórico-religiosa es una sucesión de penurias dramáticas, aderezadas con sugerentes cepos criptográficos y ruidosas, a la par que bien urdidas, teorías conspiratorias de dudosa historicidad. Cierto es que la milimétrica fidelidad al libro no podía traer más que lo que trae, es decir: un thriller superficial que abruma con tanto quiebro, pista insostenible y malo de bote. Howard, leal a la causa, ha dado cobertura a todas, absolutamente todas, las subtramas de la novela-trampa, provocando saturación y una sucesión relámpago de secuencias que se atropellan unas a otras con una línea narrativa meteórica, difícil de perseguir sin el apoyo del libro matriz. Los personajes de Brown son de un elementalismo asustante, apenas cuatro trazos prometedores de cada cual y una circense acumulación de tópicos para darles cuerpo. Howard importa los cuatro buenos trazos y toda esa empalagosa superestructura adicional que se ceba con la co-protagonista Sophie Neveau, cuyos apuntes íntimos y personales claman al cielo más aquí que allí por introducirse en formato concentrado. El problema de El código Da Vinci no es la escasa entidad de sus fuentes, la historia del cine está llena de ejemplos de malas novelas recicladas en notables películas, el problema es la enfermiza fidelidad, la improbable sucesión de pistas y sospechas a todo gas y, fundamentalmente, la raquítica arquitectura dramática de un dramatis personae devorado por el aluvión incontenible de trucos. Howard sólo se desmarca del libro a la hora de poner en imágenes los episodios históricos a los que el libro-guión se refiere: las Cruzadas, el Concilio de Nicea, la huida de María Magdalena de Jerusalén... flashbacks escasamente funcionales, redundantes y sobreabundantes que buscan ecos solemnes del pasado y que hacen coro a aquellos otros referentes a las infancias de Sophie y Silas, el sicario albino del Opus Dei, igualmente cansinos y delatores de una realización frecuentemente inconsistente. Howard se empeña en dar todo masticado hasta provocar indigestión. Aquí la mente sólo dormita y absorbe, un contrasentido en las arenas del thriller en que nos movemos. Al César lo que es del César, la película no amortigua la polémica, no esconde la mano ni pule las espinas más punzantes. Lo que estaba en el papel está también en celuloide. Lástima que Tom Hanks ande tan perdido y tan ausente en el overbooking de saltos mortales. Es el todoterreno Ian McKellen el que salva los muebles del reparto, hundido en las disonancias del guión de Akiva Goldsman. La cinta no es mediocre porque el libro lo sea también, ojo, sino por los pecados autónomos de Goldsman y Ron Howard, esbirros por decreto de Dan Brown. El código Da Vinci no tiene más peso que el de Los ríos de color púrpura, por ejemplo, aunque el estruendo suene con el doble de intensidad.


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