
Breve sinopsis
Ashoke y Ashima acaban de celebrar su matrimonio pactado cuando se trasladan a Nueva York. Además de adaptarse a una cultura diferente, pronto tienen que afrontar la paternidad con un hijo al que llaman Gogol. Con los años, Gogol se convierte en un adolescente que se da cuenta de lo difícil que es compaginar su ciudadanía americana y las tradiciones bengalíes. Rechaza su nombre y comienza a salir con una rica americana. Sin embargo, el destino le tiene preparado un reencuentro con sus orígenes.Critica
La de Mira Nair es una India de manual escolar, pera occidentales perezosos, para turistas limitados por su incapacidad de zambullirse en la cultura ajena abrumados por el resplandor estético de una estampa de postal. No es esto, como pudiera quizá parecer, un rapapolvo al uso; Nair es india de la diáspora y el código genético de su cine es abruptamente americanizante, sus películas son lecciones exóticas de una realidad lejana representada desde una depuración y delimitación estratégicamente esquemática, que aspira a aprehender el abalorio, la textura y el color del sari y el aroma a curry e incienso para gozo de inconscientes colectivos perezosos.El buen nombre entra de lleno en esa dinámica de ilustrar una India rudimentaria y comercial, fascinante desde la proximidad de un lenguaje dramático decidídamente hollywoodiense. Melodrama al uso sobre el desencuentro cultural, que ilustra sin dobleces las astillas resultantes de la colisión entre dos modelos de identidad: la del indio emigrante que carga a cuestas con el fardo de su bagaje cultural y espiritual y la de la segunda generación de ídem, jóvenes criados al calor del rojo Coca-Cola, al pragmatismo progresista y el desarraigo característico del urbanita occidental vinculado superficialmente con sus raíces. En ese sentido El buen nombre es la enésima convencional panorámica de esa paradoja posmoderna de padres e hijos divididos por la frondosidad de sus raíces, rendidos a la incomunicación de dos mundos que se antojan antagónicos. Nair no hurga ni tira de sacapuntas para escenificar el desencuentro y ajusta la impersonalidad del modelo a los cánones narrativos y, en consecuencia, con querencia por el estereotipo, de la saga familiar melodramática estadounidense. Condescendiente también, pero una cuarta parte pese a todo fue Ken Loach con su Sólo un beso que hincaba el cuchillo mucho más hondo en su acercamiento al conflicto desde la perspectiva de un romance entre un pakistaní y una ciudadana británica. El cineasta británico matizaba la habitual radicalidad de su discurso cediendo a la reproducción de un planteamiento populista pero esporádicamente personal. Nair no está por esas, su perspectiva es la de una directora mansa que tiene más interés por la lágrima silenciosa que por la tengente más o menos sociológica.El resultado es una cinta decepcionantemente epidérmica, que se desentraña con benevolencia por la efectividad inanimada de la fórmula, pero que no deja poso ni tiene más entidad que el tránsito de puntillas por una realidad mil veces desglosada por el cine con semejante cariz. Nair no es capaz de trascender jamás la segunda dimensión y confecciona personajes robot peligrosamente representativos y abusivamente sintéticos. Ahora bien, El buen nombre sabe distraer si no se rasca con demasiado empeño. Es inocua pero se desmarca de tanto en cuando con inflexiones dramáticas de discreta intensidad. Sea como fuere un paso adelante en la carrera de Mira Nair después del monumental bartacazo de la infinitamente mediocre La feria de las vanidades.