El bosque del luto

Director: Naomi Kawase
Intérpretes: Shigeki Uda (Shigeki), Machiko Ono (Machiko), Makiko Watanabe (Wakako), Kanako Masuda (mujer de Shigeki), Yoichiro Saito (marido de Machiko)
Título VO: Mogari no mori
Género: Drama
Año de producción: 2007
Productora: Kumie
Guión: Naomi Kawase
Música: Masamichi Shigeno
Fotografía: Hideyo Nakano
Duración: 97


Breve sinopsis

Shigeki es un anciano que vive feliz en una casa de jubilados. Su relación con los residentes es cordial y Machiko, una amable empleada, se preocupa mucho por él. Tras celebrar el cumpleaños de Shigeki, Machiko decide llevarle al campo, pero el coche acaba en una cuneta. Shigeki sale corriendo hacia el bosque y Machiko le sigue durante dos días hasta que llegan a la tumba de la mujer del anciano. Shigeki lleva 33 años escribiendo a su amada y quiere acabar con el luto redactando su última carta.

Critica

Diez años después de velar sus primeras armas como directora, el empujón del Gran Premio del Jurado en Cannes propicia el estreno de Naomi Kawase en la oscuridad de las salas españolas. Ni siquiera el máximo galardón cosechado hace unos años por la conmocionante "Shara" en el BAFF (Festival de Cine Asiático de Barcelona), la rescató de una clandestinidad indeseable. España llega tarde al descubrimiento de la nueva cinematografía japonesa, del fotorrealismo lírico y de raigambre documental que Kawase y Kore-eda cultivan ante el asombro de una Europa sensible a las vanguardias orientales en un grado del que nuestro espectro exhibidor no alcanza a emular. Comienza a repararse el sangrante olvido en el caso de Kore-eda con sus dos últimas películas, "Nadie sabe" y "Hana", estrenadas comercialmente en nuestras salas, si bien aún esperamos sentados la edición en DVD de "Distance" o "After Life", dos de las mejores películas universales de la década de los 90. Es pronto para exigir enmendar agravios en el caso de Kawase, de pedir el rescate doméstico de "Hotaru" o la citada "Shara", pero no de denunciar un déficit lamentable que, en este caso, afecta directamente, a una de las mejores cineastas surgidas al calor de la nueva ola de cine extremoriental, una exploradora superdotada del vacío sentimental, de la sobrecogedora corporeidad del silencio.

Como "Shara", "El bosque del luto" abunda en la profundidad abismal de la pérdida, del amor cercenado, de la omnipresencia de la ausencia y de la mutación de la angustia en un horizonte de redención en torno a la transformación de lo oscuro en luminoso, a través del umbral de la puerta en que convergen vida y muerte, proximidad y distancia. Kawase apuesta por una interpretación etnográfica de ese traumático pasaje, alrededor de un extraño protocolo de expiación que responde a la dilatada experiencia del luto en un Japón con disciplinado respeto por la memoria y la honra de los ausentes. Lo hace a través de un viaje iniciático que responde a la necesidad cultural, casi fisiológica, de cerrar los ciclos con la solemnidad requerida para poder reconciliarse con la herida abierta del presente.

Un viaje representativo, el de un anciano guiado por una fuerza sobrenatural en un balsámico peregrinaje a la tumba de su esposa y el de una joven golpeada por la tragedia atroz (y oportunamente silenciada desde la admirable contención de un magma dramático tan denso como alérgico a ardides melodramáticos) de la pérdida de un hijo y de un presente de arenas movedizas. Sobrecogedora, grandiosa en su devastante simplicidad, en su administración serena del conmovedor crescendo, "El bosque del luto" no tiene prisas y, seguro, irritará a espectadores impacientes con urgente demanda de indicaciones señañizadas en la inmensidad espiritual del camino. Y es que la última propuesta de Kawase es precisamente eso, una experiencia íntima de resonancias espirituales, la instantánea lánguida de un viaje interior perceptible en la comunicación silenciosa de los dos peregrinos con la mística susurrante del bosque, de la naturaleza salvaje que acurruca la férrea voluntad de sus inesperados visitantes.

Una película incalculablemente hermosa, pertrechada de una sensibilidad y sensitividad desarmante que anima, tal es la riqueza cromática del cuadro, a completar la perspectiva con el descubrimiento de la obra de una de los talentos cinematográficos, el de Naomi Kawase, más puros y fértiles del cine internacional contemporáneo.


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