
Breve sinopsis
El proceso judicial contra la familia mafiosa Lucchese duró 21 meses entre 1987-88, y se convirtió en el juicio más largo de la historia criminal de los Estados Unidos. La figura principal fue Giacomo "Jackie Dee" DiNorscio, miembro de la familia, que estaba en la cárcel cumpliendo 30 años y que cuando fue tentado para acortar su pena si declaraba contra ellos, se negó y decidió defenderse a sí mismo. Jackie no quiso testificar y acaparó toda la atención del juicio por su humor y gancho.Critica
Lo malo de las películas de la mafia, sobre todo si uno se atiene a perspectivas estrictamente clásicas, es que Coppola y Scorsese ya nos lo han contado todo. Lumet no es ni Scorsese ni Coppola y lo suyo más que un manual de usos y costumbres de la Cosa Nostra, que en cierta medida también, es un drama judicial al uso, con la salvedad de que el filtro de la aproximación al género, y ahí radica la novedad, es eminentemente cómico. Ocurre que la miga de la trama es verídica, que Lumet pone en imágenes el proceso judicial más largo de la historia de Estados Unidos, en la que el pueblo de New Jersey sentó en el banquillo de los acusados al clan Lucchese al copo. El director de Doce hombres sin piedad se deja seducir por el encanto canalla de Jackie Di Norscio, uno de los acusados, que decidió renunciar a un abogado defensor y asumió su defensa en primera persona, y acaba ofreciendo un retrato educlcorado de la mafia italoamericana impropio de una película que dice atenerse meticulosamente a hechos reales. Los acusados, todos sin excepción, eran una panda de bandidos, criminales sin escrúpulos, gentuza de la peor calaña, extrorsionadores, asesinos, ladrones, y encima chulos, engreídos y toreros del sistema. Que Lumet opte por simpatizar con los matarifes es cuando menos discutible, que los trate con semejante paternalismo y cómplice comprensión es un despropósito. Semejante punto de vista casa mejor con productos paródicos y deliberadamente desmadrados tipo Una terapia peligrosa, pero no en la arena de una crónica novelada de una estafa tan enorme al sistema. En Declaradme culpable uno acaba cogiendo cariño a Di Norscio y sus compinches, y eso es grave consierando que son la flor y nata de la delincuencia organizada norteamericana de los años ochenta. Más allá de la frivolidad del punto de vista, la nueva cinta de Lumet es un entretenimiento solvente, espeso a veces por su militancia en las convenciones del cine de juicios, pero llevadero. Todo un paso al frente con respecto a naufragios del calibre de Gloria, Estado crítico o El abogado del diablo, algunas de las perlas más recientes del mítico director de Tarde de perros. Ocurre que Vin Diesel es en el mejor de los casos un intérprete discreto, que se defiende dignamente a pesar de la deficiente caracterización, pero que no puede evitar lucir como un clamoroso error de casting. Afortunadamente ahí están Alex Rocco, Linus Roache y sobre todo un enorme, como de costumbre, Peter Dinklage (el enano atormentado de vidas cruzadas), uno de los mejores actores de reparto, sin exagerar, del Hollywood moderno. Declaradme culpable es mucho más intrascendente y ligera de lo que debiera, ni quiere ni sabe meterse en honduras, ni quiere ni sabe trascender a la fachada hortera y decadente de esos italianos indignos que manchaban el buen nombre de su país de origen, a pesar de que a Lumet le caigan tan simpáticos. Mucho tópico mafioso, generosas dosis de intrascendencia rigurosamente fiel a los hechos y dos horas, en definitiva, tan fáciles de consumir como olvidables.