
Breve sinopsis
El famoso torneo de artes marciales Dead Or Alive reúne a cuatro impresionantes mujeres: Tina Armstrong, estrella de la lucha femenina, Christie, ladrona y asesina a sueldo, Helena Douglas, atleta de deportes extremos y la princesa Kasumi, una guerrera aristócrata asiática que espera encontrar a su hermano desaparecido el año anterior. La amenaza de una extraña fuerza acaba juntando a las jóvenes participantes en una batalla para descubrir los misterios ocultos tras el célebre torneo.Critica
Lo bueno de Dead or Alive es que no se toma a sí misma demasiado en serio, que es consciente que con semejante sustrato dramático, por llamarlo de alguna manera, uno se ríe por no llorar, así que no es cosa de ponerse solemnes. Corey Yuen intenta defender lo indefendible con un producto de acción chillón y bizarro, que colecciona un puñado de secuencias de acción relativamente presentables y una sucesión de penurias argumentales que obligan a añorar la densidad narrativa de aquel anuncio de suavizante con halo de película que era Ultravioleta. Dead or Alive hace oposiciones a convertirse en uno de los peores títulos del año, sucede, sin embargo, que es de esos productos tan en el límite del delirio, tan rematadamente mediocre, que alguno habrá que la reinvente y reivindique como un monumento pulp incomprendido. La culpa, ojo, no es de Yuen, un artesano con oficio las más de las veces, ni siquiera, apurando, de la impresentable levedad de un libreto de juzgado de guardia. El error es la propia raíz del proyecto, la manía de llevar al cine cualquier colección de patadas digitales habidas y por haber en el mercado. Si algo enseñaban Street Fighter o Mortal Kombat es que el puñetazo limpio no es sujeto mínimamente suficiente para rellenar noventa minutos de cine, pero Yuen y sus secuaces se apuntan a la máxima que reza que si no puedes con el enemigo, únete a él. Dead or Alive es como jugar al videojuego del mismo título pero sin joystick, es decir un soberano sinsentido que no cabe en cabeza redonda alguna. No es, por mucho que se venda como tal, una película de acción, sino un proyecto de tal, un detonante imposible como sustrato de un preparado dramático aún más imposible. El consuelo de alguno será deleitarse con el desfile de curvas femeninas, las de Jaime Pressly, Holly Valance o Sarah Carter, muy fotogénicas todas ellas y tremendamente divertidas cuando hacen amago de dar cuerda emocional a sus personajes recortables, lo demás es un despropósito dramático de proporciones épicas, un monumento involuntario a la serie B más casposa, pero sin el agarradero de la autoparodia y una demostración absolutamente brillante de por qué es tontería obcecarse con llevar a la pantalla grande todo videojuego de culto que se precie por mucho que, como es el caso, un episodio de Bola de dragón parezca, al lado del invento, un drama de matriz shakespeariana con mensaje y cargas de profundidad existencialistas.