
Breve sinopsis
La vida de Audrey da un giro cuando su marido es asesinado a manos de unos desconocidos. Desesperada por superar la tragedia y sacar adelante a sus dos hijos, pide ayuda a Jerry, un abogado drogadicto que era el mejor amigo de su esposo. Audrey le ofrece una habitación en su casa y él acepta, aún sabiendo que le queda una dura batalla para alejarse de las drogas. Los frágiles lazos entre los dos complican la convivencia, pero el día a día con los niños servirá de inesperada terapia para Jerry.Critica
Lo que no perdió Susanne Bier en el fuego fueron las referencias. Su primera incursión en el cine Hollywood, después del éxito internacional de la muy irregular "Brothers" es una apuesta nada disimulada por seguir la senda de los rompecabezas trágicos de Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga. Tal es así que el primer acto de "Cosas que perdimos en el fuego", vertebrada en torno al antes, durante y después de una tragedia (el asesinato de un modélico padre de familia a manos de un maltratador cuando aquel intenta mediar en una agresión), es poco más que un clon perfectamente gregario del cómo y del porqué de los atlas emocionales del mal avenido tandem de cineastas mexicanos. La quebrada estructura temporal, la disposición no cronológica del relato que salta del presente al pasado y del pasado al futuro sin orden ni concierto; la alimentación de los alrededores de la tragedia inminente que va a hacer volar por los aires la estabilidad de personajes varios, el establecimiento del incidente-accidente como motor del descenso a los infiernos, la redención, el pecado, la culpa y el perdón y, más superficialmente hablando, la intrusión en escena de un Benicio Del Toro cuyos registros se alejan bien poco de aquellos exhibidos en "21 gramos", son la prueba del delito. Bier se mueve pues de continuo en territorio previamente explorado, en mecanismos narrativos que ella envasa al vacío como coordenadas de una fórmula preciosa cuya eficacia en crítica y público está más que testada. Lástima, sin embargo, que una cineasta de pedigrí, que desembarca en Hollywood, se presupone, para aportar un punto de vista genuino, personal e intransferible, se avenga con semejante docilidad a dibujar sobre la línea de puntos.Una vez que el relato renuncia al mosaico temporal y procede al ordenamiento cronológico de la historia, a la estructura estrictamente lineal, Bier deja de ser un émulo de Iñárritu para no ser nada. Su película, que es de las que te encogen el corazón sin pudor y con malas artes, deviene entonces en un pozo de intensidades sucedáneas, de lágrimas de cocodrilo en las profundidades del dolor de la pérdida, en un escenario donde la mejor de las opciones es aquella del camino más corto.De la idealización del fiambre, dechado de virtudes, vacío incolmable, portentoso padre, mejor marido y mejor aún, si cabe, amigo, pasamos a la idealización del dolor estático, el de las víctimas, que sufren, se contaminan las venas con heroína, pero son de una bondad ejemplar que, antes o después, hará cicatrizar las heridas. Es la reinserción artística de Halle Berry, que vuelve a exprimirse al fin como actriz, algo que no hacía desde "Monster´s Ball", y la réplica generosa del impagable Benicio Del Toro lo que proyecta intermitentes destellos de autenticidad en la oscuridad de un guión que de auténtico tiene muy poco. La entidad del vis a vis bien merece, sin duda, el precio de la entrada, eso y la sobredosis de buenas intenciones y resurrecciones espirituales de libro, que hacen mella en el nivel más superficial de la percepción emotiva.