
Breve sinopsis
En los años 40, Ray y Martha forman la pareja criminal más buscada de América. Ray se anuncia en los periódicos como Latin Lover para seducir a mujeres solitarias, robarles el dinero y asesinarlas después. Martha vive obsesionada con él y, convencida de que Ray mata por ella, termina participando en los crímenes haciéndose pasar por su hermana. El detective Robinson comienza a investigar el caso como un homicidio más. Sin embargo, esta vez va a plantearse sus valores familiares y profesionales.Critica
Fiel a los cánones de mitificación de legendarias parejas criminales, desde Pegy Cummins y John Dall en El demonio de las armas de Joseph H. Lewis, pasando por el boom tardosesentero (que coleó en la década sucesiva) apuntalado por Warren Beatty y Faye Dunway en Bonnie y Clyde de Arthur Penn, Steve McQueen y Ali McGraw en La huída de Peckinpah o Martin Sheen y Sissy Spacek en las Malas tierras de Malick, Corazones solitarios arriesga poco o nada citando a sus ilustres predecesoras, asumiendo el libro de estilo del neo-noir más conservador que arrastra, en términos anacrónicos, el fardo de una reverencia inmovilista por los clásicos.Thriller criminal estático y caligráfico, que parasita las convenciones cardinales del subgénero, descansa en el filón, si acaso, de la crónica de sucesos de entre cuyas páginas emana este camino a la perdición de una sociedad dual de delincuentes de poca monta que acaban encendiendo la mecha de una tragedia nacional superados por la violencia desmesurada e irracional de sus deleznables aficiones homicidas. Basada pues en una historia real, la película de Todd Robinson, explora el funesto destino de un puñado de arquetipos escénicos que orbitan alrededor del inevitable triángulo constituido por el policía comprometido de vida hogareña en ruinas que busca una redención impracticable ejerciendo de justiciero implacable, y los dos estafadores devenidos en serial killers por un puñado de dólares y un impulso matarife sin aparentes porqués socio-culturales.Ni Travolta, ni Jared Leto (quizá en menor medida) ni Salma Hayek están sobrados de recursos, por eso sus respectivos retratos no trascienden la atonía del inocuo planteamiento narrativo, que discurre siempre pos los cauces descontados, haciendo camino entre los corsés de una representación acantonada y de cañón corto. En buena hora pulula por la función el genio siempre en guardia de James Gandolfini para equilibrar las disonancias de un reparto opaco y víctima de los reflejos mortecinos de un libreto de elemental dramaturgia. Robinson adolece del empuje esencial para dinamizar el producto por dentro o por fuera, motivo por el cual Corazones solitarios es poco más que un anodino vistazo a la crónica negra de la Norteamérica de los cuarenta, con mejor disposición estética (en términos, ojo, estrictamente epidérmicos) que sustancia ética.