
Breve sinopsis
Un joven mochilero que viaja por África tiene serios problemas para regresar a casa tras quedarse sin pasaporte y sin medios para hacerlo. Así que decide embarcarse como polizón en un barco que transporta una mercancía ilegal hasta Marsella. Tras ser descubierto al segundo día, acepta un puesto como ayudante de cocina. Sin embargo, los tripulantes van desapariciendo uno a uno y la desconfianza general hacia el muchacho va creciendo, lo que hace que su vida corra un grave peligro.Critica
En el primer borrador del guión Paul Laverty apostaba por una incidencia del surrealismo y lo sobrenatural en las vidas torcidas de los miembros de la tripulación del Gull. A Clive Gordon, director, no le convencía el planteamiento y exhortó a Laverty a despojar el libreto de referencias esotéricas y convertirlo así en un thriller puro y duro de este mundo y no de otros. En la conversión se perdió algo, porque Cargo flirtea con frecuencia con las convenciones del thriller psicológico (o cine de terror para entendernos), la claustrofobia del espacio cerrado a cal y canto y una presencia maligna que hace estragos. El problema es que al final Laverty y Gordon se quedan en tierra de nadie planteando numerosas incógnitas y dejando intencionadamente cabos sueltos, al fin y al cabo el miedo es una experiencia totalmente subjetiva. Es en es tránsito por tierra de nadie, en el que se exige al respetable adhesión incondicional al diabólico juego, donde Cargo hace aguas, y eso después de mantener el suspense y la tensión pre-apocalíptica en pie durante noventa minutos en los angostos límites de un cochambroso mercante. Gordon y Laverty engatusan con un planteamiento al grano directamente que sabe jugar con sus genes de filme apátrida capturando con la atmósfera y con ese vertiginoso arranque en un remoto rincón de África donde han dado con sus huesos, por diferentes azares de la vida, un trotamundos aventurero (Daniel Brühl) y la tripulación del Gull que ultima las condiciones de una oscura transacción antes de echarse nuevamente a la mar. Ejemplar en la presentación de personajes y en estimular el interés por girar la página para no perder hilo de las andanzas de la demencial tropa de canallas custodios de mil secretos. A partir de entonces, una vez el buque leva anclas, el filme deviene en híbrido de La cosa y Antartic Journal, angustioso filme coreano no visto, claro, por estos lares, que maneja una premisa casi idéntica. Arquetipos al margen, que los hay -tópico hasta el abuso el personaje que defiende el gran Gary Lewis-, Cargo avanza a toda máquina con pulso incontestable esbozando una sugestiva vuelta de tuerca a las claves del desencuentro entre el primer y el tercer mundo y a la amoralidad del desprecio de la fortaleza europea hacia los desgraciados clandestinos que buscan los bajos de un camión o las bodegas de un mercante para colarse en la tierra de abundancia. Ahí Laverty (guionista habitual de Ken Loach) es más Laverty que nunca. Ese trasfondo sociológico y tristemente verídico da una ulterior dimensión de tragedia polimórfica a una película que sabe saltar de género en género sin perder la compostura ni el norte. Peter Mullan, Daniel Brühl y Luis Tosar se reparten el peso del invento con admirable oficio, humanizando los pasajes menos inspirados de un guión seductor con agujeros. Rodada enteramente a bordo del buque y en alta mar, Cargo es un rompecabezas hipnótico y desafiante que patina en el tercer acto cuando se vislumbra que Laverty no tiene muy claro dónde va ni cuál es realmente la naturaleza de las patologías que rumian en silencio sus criaturas. Demasiadas puertas abiertas al final y la explosión de la tragedia no está a la altura del impecable crescendo. Sobran moralejas de perogrullo en ese desolador desenlace en que todo cristo admite su derrota, dejando en el dichoso barco demasiadas preguntas sin respuesta.