Apocalypto

Director: Mel Gibson
Intérpretes: Rudy Youngblood (Jaguar Paw), Dalia Hernandez (Seven), Jonathan Brewer (Blunted), Raoul Trujillo (Zero Wolf), Gerardo Taracena (Middle Eye), Rodolfo Palacios (Snake Ink), Fernando Hernandez Perez (sacerdote), Maria Isidra Hoil (oráculo)
Título VO: Apocalypto
Género: Acción
Año de producción: 2006-06-29 12: 29: 58.0
Productora: Icon Entertainment International
Guión: Mel Gibson, Farhad Safinia
Música: James Horner
Fotografía: Dean Semler
Duración: 139


Breve sinopsis

La gran civilización Maya, caracterizada por sus grandes ciudades e impresionantes pirámides, se acerca a su final por la repentina intervención de un brutal invasor. La vida de un hombre cambia de repente al emprender un viaje que le conduce a un lugar dominado por el miedo y la opresión. Un giro inesperado en su destino le lleva de regreso a su casa, impulsado por el amor que siente hacia su mujer y su familia, para salvar lo que más le importa en el mundo.

Critica

Mel Gibson provoca percepciones encontradas. Por un lado uno se rinde al visceral naturalismo antropológico de Apocalypto, a la absorbente inercia visual de un espectáculo extremo que tiene la virtud de no dar paz ni tregua a quien quiera apuntarse a la verbena de destrucción, a la constatación progresiva de que debajo del ungüento reaccionario de sus apoteósicos matariles se esconde en cuclillas un cineasta con un estimable dominio del medio, adorador del demonio y sus hermanos, que maneja los resortes privilegiados de la hipnosis haciendo añicos conciencias e inocencias y sofocando la agresividad natural de su instinto quebrantahuesos con la seductora fascinación de las formas y la altura imponente de su capacidad para surtir imágenes de una belleza apocalíptica, que es como hincarle el diente a un pastel envenenado. Mel Gibson es un cineasta de gran calibre, pero a la vez es un tipo retorcido que milita en el lado oscuro de la Fuerza, que masca ortigas para desayunar y que siente una erótica fascinación por la carne putrefacta. Apocalypto es un producto primorosamente filmado, que encierra un puñado de secuencias apoteósicas, pero es a la vez un alarde infame de sensacionalismo truculento, una tenebrosa distorsión de un sustrato histórico con mucho jugo, un acercamiento impresionista, evocado por una mente maquiavélica de uñas con el mundo. Los mayas están que trinan con la perspectiva siniestra que Gibson propone de sus ancestros, y no es para menos, porque sus indígenas son un puñado de mentes psicopáticas y enfermas que sólo duermen sobre las cenizas de la destrucción que ellos mismos construyen, una alta cultura por generación espontánea que sólo rinde culto a la muerte y al caos y a la que el progreso debió lloverle del cielo. Ese México oscuro y escalofriante que pinta Gibson no existió nunca más allá de los límites de su cruenta interpretación del ocaso. Porque al director de Braveheart no le interesa otra cosa que los cráneos rodantes, los torsos cercenados, el río de sangre o la furia incivilizada en primerísimo plano. Sólo le preocupan las vísceras y la casquería de una civilización de luces y sombras de la que sólo se nos revelan espectros y contornos. Sucede que llueve sobre mojado, que esa incontinencia sensacionalista era ya el esqueleto de sujeción de La Pasión, que cojeaba del mismo pie. Vale que el quid de la cuestión sea el eclipse postrero de una civilización en ruinas, la recreación en los escombros de un universo autodestruido, que podría ser cualquiera de antes y de ahora, que acaba devorándose a sí mismo en la vorágine se una ritualidad insana y paroxística para caer en la red, ebrio de estragos y exterminio, de un imperio nuevo. El obstáculo para dejarse seducir por la crepuscular instantánea es el ambicioso extremismo de una propuesta incontrolablemente efectista. Gibson prefiere mostrar el cráneo de un indígena aplastado por las fauces de un jaguar con todo lujo de detalles que tridimensionalizar sin manipulaciones escandalosas los claroscuros del ocaso. Lo suyo es oscuridad perpetua. Por eso Apocalypto crece cuando se pone trivial, cuando deviene en cine de acción selvático y en una versión etnográfica del Depredador de John McTiernan. La segunda mitad de la película es cine de gran calado, una vez que Gibson pisa el pedal, se deja de circunloquios y empieza a ilustrar la escalofriante cacería humana que llega tarde y mal, después de sesenta minutos de falsificaciones culturales por el bien del espectáculo. El resultado es un pedazo de celuloide genial a ratos y deleznable a otros. Gibson es un gran director pero le falta una tuerca, el día que la encuentre empezará a filmar películas grandes.


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