
Breve sinopsis
Aleksandra Nikolaevna acude a la República de Chechenia para visitar a su nieto, uno de los oficiales mejor valorados de las tropas rusas destinadas en la zona. Se trata de un mundo muy masculino, sin comodidades para vivir, pero durante los días que pasa allí, la anciana descubre una realidad muy diferente a lo que pensaba. Un lugar donde hay que tener la mente fría para tomar decisiones vitales y donde los sentimientos existen, a pesar de que la dura convivencia no siempre ayude a mostrarlos.Critica
La última película de Aleksandr Sokurov basa Buena parte de su esencia en la incongruencia de una abuela rusa que confraterniza con los soldados compatriotas apostados en Chechenia, donde son tan bienvenidos por las gentes locales como lo son las tropas yanquis en Bagdad. Aparentemente, la señora no tiene nada mejor que hacer que visitar a su nieto, un oficial destinado en esa base. Sokurov filma de forma evocadora a través de una serie de filtros cromáticos, bañando cada secuencia de su respectiva tonalidad de verde, gris o sepia –la llegada nocturna de Alexandra a la base es particularmente pictórica, como si las sombras hubieran sido trazadas con un cepillo--. Las tropas, de aspecto juvenil, gravitan alrededor de la vieja como si de un oasis o de una regresión a su hogar se tratara, tan distante de su desolada rutina militar basada en limpiar el arma, patrullar y vigilar. Del mismo modo, una visita al mercado local es el desencadenante de una inesperada amistad entre Alexandra y una anciana chechena cuyas miradas inicialmente cautelosas encarnan la desconfianza que su gente siente hacia sus ocupantes.
Decepcionantemente poco habitual tratándose del cine de Sokurov, los momentos humanistas que transcurren entre ellas tienden al sentimentalismo, mientras que los intercambios entre la abuela y ese nieto por quien tantos kilómetros ha viajado resultan algo inconsecuentes. En cualquier caso, Galina Vishnevskaya, viuda de Rostropovitch, es una contundente presencia maternal en el papel del título, que habla entre dientes de forma incesante y casi senil mientras la cámara atiende sinuosa a sus evoluciones y se rinde a la noble chochez de su comportamiento. Para bien o para mal, la película finaliza con el fantasioso anochecer típico de una tardía película de Manoel de Oliveira, contenta de registrar otro capítulo de una procesión constante hacia la mortalidad.
Álex M. Blanco