
Breve sinopsis
Diego Alatriste es uno de los soldados más sobresalientes de su majestad. En el siglo XVII el ejército español lucha en Flandes y en el conflicto muere un amigo de Alatriste que le pide que cuide de su hijo y le aleje del oficio de soldado. Cuando el flamante espadachín regresa a Madrid se encuentra con un Imperio cabizbajo. El rey Felipe IV no pone trabas a la corrupción y el Conde Duque de Olivares y la Santa Inquisición manejan la situación. Alatriste se verá envuelto en una oscura trama.Critica
La España de Alatriste es una España sucia, moribunda, un imperio ruinoso, empachado de gloria que agoniza y malvive entre claroscuros, entre soldadesca de banderas raídas y conjuras palaciegas a mayor gloria de cuatro malnacidos que especulaban con los destellos, antaño cegadores, de un horizonte infinito y un sol eternamente abrasador. Ese paraíso de rufianes e hidalguías de capa caída es la religión de un soldado cualquiera de la leal infantería, de aquellos tercios que un día hicieron crujir a Europa entera. El esbozo visual de esa apisonadora con pies de barro, el intento de retratar la densidad de un aire viciado por el desencanto y el aroma ingrato de los principios de los fines, es decir, el empeño de Agustín Díaz Yanes por inmortalizar el fango que cubría la mortecina España de Felipe IV, es el quid de la cuestión de una cinta que, afortunadamente, no se conforma con ser un circo de estocadas y épicas de diseño. La apuesta por un lúcido paseo por los escombros y estertores del añejo esplendor, por un Madrid de canallas y sanguijuelas de alta y baja estofa que se apremian por lanzarse en pos de los restos del naufragio, es la seña de identidad de una cinta que quiere ser más francesa que norteamericana, aunque se le noten a la legua los peajes de la loable novatada. En España no hay cultura de blockbusters y se nota. A Díaz Yanes el fresco le luce a medias, entre la brillante definición de atmósferas y decadencias y la inexperiencia tangible en una empresa de tal magnitud. Había sujeto para seis horas, o más, de Alatriste, pero las dos horas y cuarto se quedan a todas luces escasas. No bastan para explayarse a gusto y profundizar en los crepúsculos de ese universo estupefacto, que no acierta a digerir el ocaso de sus luces. Es demasiada la materia prima en la que el guión quiere hincar el diente. Díaz Yanes apuesta por la estructura de falso biopic cosiendo retales de El capitán Alatriste, El sol de Breda, El oro del rey y El caballero del jubón amarillo. Es decir, sólo el segundo volumen de la obra de Pérez-Reverte, Limpieza de sangre, se queda fuera al margen de una breve secuencia en la alcoba de Gualterio Malatesta, el enemigo acérrimo del héroe. El cineasta madrileño tiene demasiadas deudas con el original literario y, en consecuencia, frecuentemente se atropellan las secuencias y desfilan secundarios con rostro mediático pero sin asomo de profundidad. Las lagunas, como cabía esperar por otra parte, corren a cuenta de un guión insuficiente para tanta película, nutrido de múltiples referencias deshilachadas al libro. Lo cierto es que el montaje es confuso, los conflictos circulan a la velocidad de la luz y seducen más los abalorios que la propia sustancia: pesa más la estética que la ética, la tenebrosa faz de la España tocada de muerte materializada en la excelente fotografía de Paco Femenia, el diseño de producción de Benjamín Fernández o el vestuario de Francesca Sartori, que los pilares narrativos propiamente dichos. El casting apenas luce fisuras (aparte del capricho de Blanca Portillo): Viggo Mortensen es un Alatriste de una pieza, Eduard Fernández un Copons memorable, Eduardo Noriega un Guadalmedina tan galán y tan despreciable como sugieren los textos de Pérez-Reverte y etcétera, etcétera, pero todos, o casi todos, están por encima de la endeble arquitectura dramática, de la inevitable levedad de sus propios personajes. Alatriste pudo haber sido una gran película, porque impera la sensación de que los cimientos del éxito están uno por uno detrás de las imágenes, pero al final lo que queda es un producto tibio, impecable en las formas y el color de su semblante, pero inconsistente en su caldo épico-histórico, tímidamente crepuscular y lastrado, fundamentalmente, por los agujeros de una adaptación voluntariosa pero fragmentaria y de corto recorrido.