
Breve sinopsis
James Gregory es un vigilante blanco en la cárcel de Robben Island en pleno "apartheid" sudafricano. Ha sido formado por las fuerzas más agresivas del régimen y para él, los negros son una raza inferior. Gracias a sus conocimientos del idioma xhosa, es destinado a custodiar la celda de Nelson Mandela, líder del movimiento de liberación de la población negra. A través de sus charlas y discusiones, James va abandonando sus ideas racistas para abrir la mente a una realidad pacífica y demócrata.Critica
África se ha convertido en una suerte de segundo hogar oficial del cine angloparlante con conciencia. De entre todos los conflictos y tumores del continente negro uno de los que más se llevan es el sudafricano. In my Country, Atrapa el fuego y este Adiós Bafana confirman esta querencia por el potencial dramático del Apartheid y por la dramatización complaciente de los fantasmas represores del último gran conflicto interracial del siglo XX. Tres aproximaciones al problema que se mueven en la misma onda semántica: sed de justicia, empeño testimonial, un baúl de clichés y, sobre todo, una reinterpretación en clave melodramática de la dicotomía alimentando un maniqueísmo que, quizá, se revela aún más profundo en la cruda crónica de sucesos, pero que desde el punto de vista del equilibrio dramático no acaba de resultar orgánico. Bille August, del que poco cabe esperar ya a estas alturas del curso, con el lastre de Los miserables y Sentencia de muerte a cuestas, se remanga para bucear en el fango y rescatar la intrahistoria, vista desde el otro lado, del calvario entre rejas de Nelson Mandela.El punto de vista es el de una historia real, la del oficial de prisiones encargado de la custodia del líder sudafricano que, en la dinámica esquemática de la cinta, recorre el camino entre los extremos, desde un racismo militante y enconado hasta una defensa a ultranza de la humanidad de la población de color, y de las tesis libertarias e igualitarias de Mandela en un suspiro, mediante una metamorfosis relámpago e imposible. A August le juegan una mala pasada las muy frecuentes elipsis, las zancadas kilométricas hacia el presente y el remate superficial de un pulñado de personajes en el filo del abismo de los que el libreto no sabe extraer el jugo que abundantemente encierran. Adiós, Bafana es un complemento intersante a todos los abordajes del particular que el cine, fundamentalmente británico, nos ha brindado en las últimas décadas, empezando por aquel estimable telefilme, Mandela, que tenía a Danny Glover como encarnación cinematográfica del mito, pero su calibre estrictamente cinematográfico no pasa de ser discreto.August aborda un tratamiento sumamente convencional de la tragedia, con la complicidad de un Joseph Fiennes más sólido que de costumbre, aunque mete el dedo en la llaga, poniendo sobre la mesa las cuestiones fundamentales de aquella anacrónica ignominia, con una exposición de las luces, y en menor medida las sombras de Mandela a través de un dilema de carácter moral con lectura perfectamente contemporánea. A Mandela lo tenían entonces por terrorista feroz y matarife sanguinario, enemigo de los pacíficos hijos de boers y afrikaans, asediados por la intolerancia endémica de la vengativa población negra. Un discurso éste, demencial con el aval de la perspectiva histórica, extrapolable a algún que otro conflicto contemporáneo maquillado por la propaganda estratégica de anatemización de la disidencia ideológica mediática occidental. El tiempo pone a cada quien en su lugar y, sentencia August en segundo plano, las cortinas de humo acaban disipándose. En Sudáfrica los blancos tenían la sarten por el mango y contaminaron la verdad, o cuando menos la mitad de ella. Lamentablemente seguimos cojeando del mismo pie.