
Breve sinopsis
Jack, un policía que arrastra un error del pasado que le ha convertido en un alcohólico, tiene que realizar la sencilla y rutinaria misión de trasladar a un preso poco peligroso desde su celda hasta los juzgados donde tiene que testificar contra aquellos que intentaron matarle. En el trayecto que separa ambos lugares, alguien, que resultará ser policía, intentará asesinar a su testigo. Con el tiempo justo encima, Jack tiene por delante un trepidante recorrido por 16 calles que cambiará su vida.Critica
Bruce Willis aprovecha sus entradas mejor que nunca interpretando a un policía fondón, derrotista y derrotado, aliado estrecho de las botellas de whisky, hundido en una soledad perpetua, desaliñado, desesperado y con voz y semblante de cama a medio hacer. En las antípodas de sus tradicionales roles heroicos, el protagonista de Jungla de cristal asume uno de los mayores retos de su carrera en la piel de un tipo sin estrella, arrollado por la vida, conformista y corrupto. La materia prima tiene potencial. Donner gestiona bien las virtudes, más que del guión del tratamiento, durante una hora siguiendo las peripecias de Jack Mosley tratando de llevar a un testigo protegido de la jaula al juzgado a través de 16 calles y con todo el departamento de policía neoyorquino pisándole los talones empeñado en liquidar al soplón cuyo testimonio va a meter en chirona a más de uno y de dos. La cinta viene a ser algo así como un Asalto a la comisaría del distrito 13 itinerante, una película de asedio en movimiento y con las calles de la gran manzana como testigo con un calor de justicia. El punto de partida es sólido y prometedor, coartada imponente para un espectáculo de acción y tiros que rescata al mejor Richard Donner, ese que no vemos desde hace casi dos décadas. El problema es que al director de Arma letal se le va la mano con el almíbar y acaba convirtiendo las andanzas de Mosley contra todo y todos en una fábula moral y moralista, con mensaje y ternura impostada. El invento funciona mientras los dos aliados accidentales reptan por el asfalto urbano, buscando escondrijos y metros que ganar para poder llegar a destino. Pero empieza a derrumbarse inexorablemente desde el momento en que Willis y Def utilizan un autobús como escudo humano. En ese punto Donner pierde definitivamente el norte y lo que hasta entonces era un envolvente relato de polis corruptos y sin escrúpulos convertidos, por imperativos gremiales, en feroces delincuentes con impunidad, se convierte en una cursilería sobre segundas oportunidades, redenciones y pastelerías, literalmente hablando, varias. Mos Def, el testigo a proteger, es demasiado bueno y su encarnación del sueño americano versión barriobajera es un hándicap que 16 calles no sabe sortear. Willis está resultón en la parte de antihéroe que le toca y las secuencias de acción pura y dura están a la altura que se le presupone a un espectáculo de estas características. Lástima que el guión se diluya con semejante velocidad poniendo los cimientos de un desenlace complaciente y con moraleja. 16 calles es mejor cuando es una película de tipos malos a tiro limpio y de heroísmo espontáneo, la odisea de un hombre que encuentra algo por lo que merece la pena luchar caiga quien caiga. Cuando entran en escena los arreglos melodramáticos las calles se vuelven callejones sin salida.