13 Tzameti

Director: Gela Babluani
Intérpretes: Georges Babluani (Sébastien), Olga Legrand (Christine Godon), Aurélien Recoing (Jacky), Pascal Bongard (Maestro de ceremonias), Fred Ulysse (Alain), Nicolas Pignon (Romain), Vania Vilers (Schloendorf), Christophe Vandevelde (Ludo), Agustin Legrand (José)
Título VO: 13 Tzameti
Género: Thriller
Año de producción: 2005-06-29 12: 30: 32.0
Productora: MK2 Productions, Quasar Pictures, Solimane Productions
Guión: Gela Babluani
Fotografía: Tariel Meliava
Duración: 93


Breve sinopsis

Sébastien está reparando el techo de una casa cercana al mar cuando su propietario muere por sobredosis. El joven se da cuenta de que el suceso está relacionado con la llegada de una carta en la que se instaba al fallecido a acudir a una convocatoria donde podría ganar mucho dinero. Sébastien, decidido a dar un giro a su vida, recupera la dirección del sobre y se presenta en el lugar: un local clandestino donde la vida de los hombres no tiene más valor que el de una simple apuesta.

Critica

Con el referente difuso del gran cine negro francés de los sesenta (Melville y semejantes), y la confesa adoración de la sintaxis visual del cine soviético de los años veinte, Gela Babluani despliega en su ópera prima una imaginería del miedo y la estupefacción, desde la atemporalidad asfixiante y arrolladoramente inhóspita de una reivindicación ética y estética del blanco y negro, que inyecta escarcha en vena con una proposición formal y, sobre todo, narrativa a contracorriente e imbuida del relumbrón y la densidad atmosférica que impregnase un ejercicio de madurez a cuenta de, quien lo diría, un maestro consolidado. Puede sonar a éxtasis de entusiasmo, pero ahí va: 13 (Tzameti) es una de las propuestas más frescas, estimulantes e hipnóticas que el cine europeo haya parido en los últimos años, y la de Babluani es, pues, la puesta de largo de un surtidor de imágenes con instinto de genio, capaz de proponer una ósmosis perfecta entre la reivindicación de un clasicismo de vanguardia de matriz orgullosamente europea y la irrupción de un lenguaje visual y gramatical sencillamente estremecedor. La de Babluani es de esas películas-milagro que te tienen pegado a la butaca sin oxígeno y sin aviso de tregua. Un bombardeo de imágenes demoledoras que visualizan un guión de vieja escuela, que se impulsa amagando una dirección para mutar sobre la marcha y enfilar en dirección contraria, deviniendo en thriller claustrofóbico, en un turbador rompecabezas que va disponiendo sus piezas para eclosionar de ecuador en adelante en el estudio a quemarropa de los usos y costumbres de una jauría de lobos, comerciantes de muerte y pescuezos, consumidores de emociones fuertes. La de 13 (Tzameti) es una proposición salvaje, un laberinto demencial de semblanzas tenebristas que opera sin bisturí en el consciente y el subconsciente induciendo a un shock de noventa minutos entre la fascinación morbosa, el escalofrío y la admiración rendida por el incendiario y ejemplar ensamblaje de las diversas piezas. Se pueden extrapolar lecturas entre líneas, sobre la alienación llevada al extremo, la perversión nauseabunda de la deshumanización materialista o, en un espectro más amplio, la exploración inmisericorde de las sombras impenetrables del alma humana, pero antes que nada, y sobre todo, el filme es un thriller prodigioso con licencia para erizar el vello y martillear el inconsciente. 13 (Tzameti) es de esas películas que exigen un visionado sin orientaciones, en las que hay que sumergirse sin pistas y sin las incómodas coordenadas de la sinopsis, para que, además de trascender como una película modélica, lo haga como una experiencia sensorial. El truco es dejarse llevar y no andar intelectualizando hasta la matrícula de los coches. En suma: una inesperadísima sorpresa.


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