
Breve sinopsis
En un improvisado tribunal de un gimnasio de Moscú, doce miembros de un mismo jurado debaten si deben condenar a un joven checheno acusado de matar a su padre, un oficial del ejército ruso. Cada uno de ellos se cree en posesión de la verdad, pero como la decisión tiene que ser unánime, no tardan en aflorar las tensiones y las reflexiones basadas en las experiencias personales. Cuando la vida de un chico de dieciocho años está en juego, los veredictos no siempre deben basarse en leyes escritas.Critica
‘12’ cuenta con una factura impecable, óptimos actores y bastantes momentos felices. Pero nace con un defecto grave. La introducción del factor checheno (el joven acusado pertenece a esa etnia caucásica, enfrentada desde siempre a los eslavos del norte) permite a Nikita Mikhalkov, actor y director, trufar el filme con una serie de escenas bélicas, y eso resulta escasamente compatible con el código genético de la obra de Reginald Rose en la que la película se basa (y que también sirvió de base a Sydney Lumet en ‘Doce hombres sin piedad’, posiblemente el mejor drama judicial de la historia: las comparaciones, claro, son odiosas). Esa magnífica obra es un estudio acerca de los fantasmas íntimos y su proyección sobre los demás, y Mikhalkov considera que el esquema creado por Rose constituye un instrumento idóneo para analizar tanto los fantasmas individuales de los miembros del jurado ruso (el científico, el taxista, el magnate televisivo, el pensionista) como los fantasmas colectivos del país, sobre todo el de Chechenia. En ese sentido, el resultado deja dudas. Ningún espectador saldrá del cine con una idea más clara sobre lo que ocurre más allá de los Urales.
De todos, el gran problema de la película es otro. Una vez más, al cineasta ruso parece haberle perdido su propia egolatría. Perdió su aura en ‘El barbero de Siberia’, emborrachado por una megalomanía que aquí adquiere un tono casi autoparódico. A la austeridad de la puesta en escena de Lumet le corresponde la ampulosidad propia de un rey absolutista: no casualmente Mikhalkov se reserva el papel de maestro de ceremonias y conciencia moral del jurado. Mikhalkov hace un llamamiento a la paz entre etnias, utilizando a cada uno de los miembros del jurado como ridículo portavoz de un cuento con moraleja. Es tal la obsesión por la grandilocuencia de Mikhalkov que se olvida por completo de la credibilidad de los personajes, rompiendo la construcción del relato con golpes de efecto bélicos y música redundante. Lamentable.
Álex M. Blanco